Elisa Rodríguez

Fui la última residente del verano. Tan última que ya llevábamos abrigo. Las noches nos atizaban con una despiadada frigidez pero los días seguían regalándonos unos rayos de sol que se complementaban estupendamente con unas cañitas donde Elena. Esos días aprendí que el batik, con sus vapores de cera caliente, es perfecto para combatir el frescor que se te mete en el cuerpo. Era la primera vez que lo practicaba fuera del clima tropical.

El batik es una técnica originaria de Indonesia que consiste en teñir telas reservando el color original del tejido con cera líquida, aplicada con pinceles o canting (una herramienta que actúa como un “bolígrafo de cera”) y sumergiendo la tela en tintes que no penetran donde la cera ha sido aplicada. De esta manera, se puede pasar poco a poco de los colores más claros a los más oscuros creando capas de reserva, y finalmente retirando la cera metiendo la pieza en agua hirviendo o bien con plancha y papel de estraza o periódicos. Yo me fui a lo loco en el 2014 a aprender esta técnica en el Instituto de Arte de Yogyakarta con una Beca Darmasiswa, más como una excusa para poder hacer allí otras cosas que entonces me interesaban más. Sin embargo me encontré con la inesperada experiencia de la artesanía como forma de comprensión del entorno, como comunicación con una cultura. Y me fascinó. Al volver y adaptarme de nuevo a los ritmos occidentales me fui olvidando poco a poco de aquella otra dimensión en la que floté un año, y la falta de espacio, de trabajo, las presiones inmediatas y mil inquietudes distintas hicieron que no lo volviese a practicar.

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Mi estancia en Espacio Matrioska, dos años después, era la excusa perfecta para utilizar la residencia como rito: un reencuentro con una asignatura pendiente que me permitiese recuperar conocimientos/adquisiciones/influencias perdidas en una transición que en su día fue demasiado brusca. Fue una ocasión perfecta para volver a pensar en aquellos días olvidados, volver a derretir la cera y experimentar con los materiales. Este último punto es quizás el más complejo de mi estancia y el que me dejó un tanto insatisfecha: los tintes y ceras encontrados en España son muy diferentes a aquellos con los que aprendí el batik y los resultados no siempre eran los óptimos. Sin embargo también resultaba un juego divertido observar su comportamiento y descifrar cómo adaptarlos a mi propia manera de trabajar. Compartir este proceso (estas preocupaciones) con los matrioskas, las mujeres del taller de costura del pueblo y con algún que otro curioso que se apuntase a “batikear” no solo hacía todo más interesante sino que le daba sentido.

Hubo también unos primeros días de investigación personal en los que busqué motivos que se repitiesen en el pueblo y que lo hicieran característico o casi extravagante a mis ojos, para ironizar sutilmente con la peculiar idea de “lo exótico” al tiempo que generaba patrones textiles fundibles con los que yo traía de Java en papel (y que varias asistentes utilizaron durante el taller). Realicé varios bocetos en los huertos locales de lo que llaman berza gallega y que en mi ignorancia millenial no había visto en mi vida. Conversé con los dueños de los cultivos acerca del caldo gallego y aproveché para escuchar. Porque ante todo, de eso es de lo que se trata. Igual que hacer batik es concentrarse y cavilar, dibujar es detenerse y estar atento. Y todo ello genera la dimensión profunda de lo que muchos llaman con desprecio artesanía. Porque algunas personas no comprenden el trabajo lento, así como otras no conciben el retorno a los pueblos.

A menudo trabajo con la crítica a la publicidad, y mi investigación de Máster trataba muy de cerca esta cuestión. De alguna manera, y aunque parezca disociado, encuentro en el batik una parte activa dentro de estas inquietudes al constituir una antítesis del mundo del consumo. Concretamente, en el contexto del Espacio, se le añade además la vida en común, que parece ponerle una zancadilla al progresivo individualismo que caracteriza nuestra sociedad. Y esto es, sin duda, lo que más me ha podido satisfacer de mi actividad allí: la sensación de aportar, de forma divertida, una manera diferente de construir una imagen. Pero también, por supuesto, conseguir que una cultura como la indonesia nos resulte a todos un poquito menos lejana.

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ADRIANA Y MARÍA – “Historias del Territorio”

Día 1:
Llegamos el martes a Xinzo de Limia.
Alberto y Ana nos recogieron y fuimos a Os Blancos, y siguiendo su ritual nos llevaron por ‘’a estrada bella’’. Una vez allí, en el hogar Matrioska, conocimos al resto del equipo y a las otras dos resis (de resistencia, de resiliente o de residentes) con las que compartimos espacio de trabajo.
Minutos después nos desplazamos al centro Matrioska, un conjunto de estancias en las que puedes ejercer de lo que quieras, ya sea de escultor, pintor, grabador, músico y un largo etcétera.
Una vez se marcharon los niños perdidos nos quedamos en una de las habitaciones para terminar de concretar. Un espacio con mesa y ventana, un marco que encuadraba una pareja sentada al fondo de la escena.
Comenzamos a grabar.
Y de aquella imagen distinguimos unas formas familiares.
Lucía y Yaiza entraron y nos llevaron de paseo con las mujeres de amarillo. Con ellas recorrimos parte del margen de Os Blancos. Nos hablaron de Alemania, de sus vidas aquí y allá, de sus hijos y nietas. Nosotras les hablamos de.
Y así comienza este cuento.
Día 2:
Viaje a Xinzo en el coche rojo, comida, conversación y proyecto de albañilería. Vuelta a Os Blancos.
Entra Basilisa con historias. Nos habla de la leyenda de Reina Loba, de su tia, una mujer, hermana de ocho hermanos. Ella escuchaba y escribía. Recogía memoria en un libro que un día fue robado.
Queremos saber más de Basilisa.
Julio y María, Delia y Pepita. Les acompañamos en su paseo diario. A paso tranquilo nos conocemos. Julio es un guardia civil retirado, le entristece la idea del campo sin la huella directa del trabajador. No habla mucho, o quizás es porque no nos conoce. María nos cuenta sobre sus hijos y el porqué viven en este pueblo.
A Delia no le gusta su nombre. Pepita es profesora de primaria. Les contamos que queremos reunir a los vecinos alrededor de una tarea común, y Delia nos cuenta historias de cómo se trabaja(ba) en comunidad: recoger patatas, moler el centeno, preparar el lino, tejer. Por el camino conocimos a Rosa, sentada en una piedra preguntó por la hora de la misa y la llegada de los congelados.
Terminamos en la ‘’Alameda’’, un lugar creado por Julio y el padre de Pepita. Entre castaños construyeron una fuente que rodearon de piedras.
La ‘’Alameda’’ es un espacio de encuentro. Quizás sea un lugar especial para María y Julio.
Ellos viven aqui. Nosotras llegamos queriendo saber.
¿Es necesario conectar con ellos para llevar a cabo este proyecto?
¿Estamos forzando esa relación para conseguir lo que venimos buscando?
¿Buscamos para nosotras o para ellos?
Ambas.
¿Nos falta tiempo?